Depresión en la pandemia: no todo es lo que parece

En los últimos años y sobre todo en medio del tránsito aún de la pandemia, la depresión parece haberse colado de alguna u otra manera en la vida de todos nosotros. Pareciera que conjuntamente con el COVID es la vedette principal.

Adultos mayores solos sin poder ver a su propia familia, aquella que criaron y dieron vida, niños sin interacción social con pares, personas transitando enfermedades complejas aisladas para no contagiarse, personas transitando la muerte de familiares, personas en seguro de paro con familias a cargo, incertidumbre, pesadilla. Para otros quizás, fue diferente la situación y tuvieron otras oportunidades, se detuvieron sin mayores complicaciones económicas, sin familias a cargo, tuvieron tiempo consigo mismos. Las cartas están repartidas de diferente forma, es verdad.

Los primeros escenarios parecen más áridos que los segundos, pero de alguna manera, el cambio fue radical para todos sin dejar de sumarle la impronta de lo que ya portábamos hasta ese momento, que seguramente, de por sí, no era todo felicidad. Pero, así como las cartas están repartidas de forma diferente, las subjetividades también. Quizá aquel que la pasó mejor de forma económica, la pasó peor desde el momento que tuvo que quedarse consigo mismo y con sus propios fantasmas, con aquello que siempre quiso tapar con alguna distracción. El que no pudiese ir a trabajar, no poder oficiar de personaje y “venderse a los demás, de alguna manera lo hizo entrar en una depresión profunda. Entonces…

¿Que podríamos esperar de aquel veterano que la pasó solo en su casa? ¡Era un panorama mucho peor! Bueno… quizá aquel veterano se puso triste muchas veces pensando en la familia lógicamente, pero contaba con una estructura psíquica lo suficientemente fuerte para saber que su trabajo en la familia había sido bueno, su propósito con ella había sido cumplido de alguna manera y que el amor que los unía era suficiente para mantenerlo animado, aunque sea, a través de una pantalla.

Muchas veces desconocemos lo que hay detrás de una persona, no sabemos si estamos ante una sólida estructura o un set de rodaje precioso que al apoyarte en la primera pared se desploma fácilmente. Solemos tener frases célebres que no me canso de escuchar:
¡pero si tenés un buen trabajo!, ¡Pero si tenés un hijo hermoso!, ¡pero si tenés una esposa preciosa!

Les queremos ayudar con todo nuestro corazón, pero sin darnos cuenta de que podemos hacerlos sentir culpables de quejarse ante tanta desgracia que parece suceder a su alrededor, mientras ellos, parecen disfrutar de ciertos “privilegios”. Somos felices en la medida que hayamos aprendido a serlo, no lo determina un presente maravilloso si bien puede ayudar, pero sería como construir un edificio sin cimientos.

Ya no podemos volver atrás, es cierto, pero con darnos cuenta y querer reparar algunas cosas que hoy nos hacen doler ya es suficiente. Estás dando el primer paso desde el momento que le decís a alguien que te sentís mal y no solamente lo piensas sufriendo solo/a. Es el ejercicio de sacar para afuera aquello que no podemos digerir para luego volver a incorporarlo, porque indefectiblemente, hay cosas que no vamos a poder cambiar, pero sí asumirlas o verlas desde otra perspectiva y poder vivir, y no sobrevivir con ellas.

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